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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Santiago: No eres un ciudadano

Santiago:


No eres un ciudadano, eres un súbdito. Obedeces, te guste o no, a un rey. Eres vasallo de una enmohecida corona. Tu país no abandona la Edad Media...


¿Y así te atreves a pronunciar una sola palabra sobre la rebelión de un mundo que nunca será el tuyo, mientras que en el suelo donde naciste no te atreves a hacer detonar la apetecida revuelta? Acaricias lo ajeno, pero no tienes los cojones para plantarle cara a tu rey y decirle alto en su oído: «¡Márchese!» «¡Queremos libertad, no el remedo de libertad que usted nos ofrece como espejismo! ¡Queremos para la península ibérica lo que Castro le dio a la isla cubana! ¡Lo que Gaddafi les dio a todos los libios! ¡Queremos vivienda, salud, educación, empleo, igualdad, dignidad, justicia..., SOCIALISMO! ¡Márchense usted y sus hijos parásitos! ¡Independencia para las repúblicas ibéricas! ¡Disolución de España! ¡Muerte a la monarquía! ¡Quiero ser ciudadano!»


Qué fácil es festejar la caída de la sangre cuando no la derrama alguien a quien tú conoces. Qué fácil es festejar la caída de una nación cuando no has colocado una pieza de sus cimientos. Mandas aplastar una casa, como si se tratara de un hormiguero, porque no eres capaz de imaginar los dolores, las alegrías y las esperanzas de la familia que soñó con esa casa antes de que fuera edificada. Una casa es diez sueños de una mujer, diez angustias de un hombre, diez tranquilidades de un niño. Has aplastado diez angustias, diez sueños y diez tranquilidades, multiplicados por diez, y una vez más por diez, y una vez más por diez, y una vez más por diez.


Esa es la dimensión de lo que hiciste.


Me llenas de asco y de horror. Si algún día confié en ti, maldigo ese día, maldigo mi confianza y te maldigo a ti: ¡maldito seas! Mientras me quede vida, pisotearé tu nombre. Estúpido cobarde. Morirás siendo un súbdito.